Diario desde un pueblo

Villamayor de la Sierra, sábado 1 de noviembre de 2025

Mamá y la abuelita han vuelto muy enfadadas del cementerio. Fueron a llevar flores a la tumba del abuelito y de los abuelos de mi mamá, mientras papá se quedaba conmigo, aunque yo quería ir también. No entendí por qué estaban así, ¡con lo bonitas que eran las flores! Había crisantemos, rosas, y unas flores así alargadas, que creo que se llamaban gladiadoras, o gladiolos… También hay muchas flores alrededor del pueblo, pero mamá dijo que no servían, aunque yo he hecho mi propio ramito con algunas de ellas. Esta mañana, cuando fuimos a pasear, vimos a doña Patro, que llevaba un saco de comida para su burrito. Una vez me lo enseñó y me dejó tocarlo. ¡Qué pelo tan suave! Y era tan calentito… Aunque donde duerme olía un poco mal.

Ni mamá ni la abuelita han querido hablar más del tema. Ahora están preparando la cena. Van a cocinar la carne en la chimenea. ¡Me gusta mucho así! Sabe al humo de la lumbre, y se queda muy tierna. Después nos quedaremos viendo la tele, aunque yo me pondré a leer un rato un libro de fábulas que me han regalado por mi cumple.  

 

Villamayor de la Sierra, domingo 2 de noviembre 2025

Hoy me despertó el panadero, que llega todos los días pitando con su coche para repartir el pan por el pueblo. Lleva también algunos dulces. A mí me gustan mucho sus napolitanas de chocolate porque saben diferente, un sabor de pueblo. Después de desayunar una, me duché y nos vestimos para ir a la misa. Mamá y la abuelita estaban más tranquilas. A la hora de comer llegaron mis titos y mis primos, que no veíamos desde hace mucho tiempo. Por culpa de la enfermedad no nos podíamos reunir muchas personas a la vez. Nos enteramos de que mi primo Alfonso, el mayor, estaba estudiando en Madrid, y que una de mis primas, Cristina, llevaba en Londres desde hace dos meses. Me dio pena no poder verla. ¡Ella siempre jugaba conmigo, aunque era más mayor que yo!

Después del postre nos quedamos charlando hasta que se marcharon. Ellos viven más cerca de aquí que nosotros, y por eso duermen en sus casas. Nosotros también nos tenemos que ir, pero mis padres han decidido quedarse para ir mañana al ayuntamiento y arreglar unos papeles de unas tierras que tenemos. Yo quiero salir y dar un paseo por las calles y, si puedo, un poco más allá, por el campo. Me gusta el campo porque puedo oír a los pájaros, y a veces vemos alguna perdiz. Llevaré una cestita para recoger más flores.

Ahora voy a bajar al salón a calentarme con la lumbre y el brasero.

 

Málaga, lunes 3 de noviembre 2025

Hoy hemos vuelto del pueblo. Por la mañana, fui con la abuelita a pasear. En las calles olía a humo y sonaba al ruido de tractores. Paseamos también por el campo, en donde cogí algunas flores, y aproveché para preguntar a la abuelita sobre el enfado de hace dos días. Me dijo que mamá y ella discutieron por las flores, porque ella creía que no habían comprado suficiente, y que la tumba de mi abuelo parecía la menos cuidada y adornada de todas. Me quedé pensando y quise preguntarle lo que pasaría ahora cuando lo viese todo el mundo, si nos iban a decir algo. No me atreví, y lo que le dije fue que yo pensaba que todas las flores eran bonitas, y que lo importante era llevarlas para que los que estaban en el cielo, como el abuelita, estuvieran felices, como me había contado mamá. Ella sonrió, me dijo que sí, y se puso a recoger flores conmigo.

Cuando volvimos papá y mamá ya habían guardado todo en el coche, y después de comer nos marchamos. En el coche le dije a mamá lo que la abuelita me había contado. Ella me contestó que, en los pueblos, dan mucha importancia a cosas que no la tienen, y que yo no lo entendería porque aún era pequeña. Le pregunté si no le gustaba el pueblo. Me dijo que sí, que le gustaba mucho, aunque estaba más cómoda en la ciudad. Me quedé mirando por la ventana a los montes de olivos y los mantos de trigo. Quizá es eso, que soy todavía pequeña para entender todas estas cosas.

 

Villamayor de la Sierra, 14 de octubre de 2035

Cuando salimos de la iglesia, tomamos todos rumbo al sepelio. Ha sido un momento agridulce, porque he podido ver a mis tíos y primos, y Cristina me ha presentado a su primer hijo. También ha venido Alfonso, desde Barcelona. Todos, junto con vecinos del pueblo, hemos llegado al cementerio y allí te hemos enterrado, mamá. La abuela, con gran esfuerzo, también ha salido de la casa y ha venido a decirte adiós. Las lágrimas ahogaban las palabras. Te he dejado encima del ataúd un ramo de flores, de aquellas que recogíamos por el campo y por donde vivía doña Patro. Ahora su casa y el establo están vacíos, muchas chimeneas están apagadas, y el pueblo huele menos a pueblo. El panadero ya no pasa todos los días, y el pan y los dulces saben más a ciudad.

Pero tú no te preocupes, mamá, porque todos los años vendremos papá y yo y te traeremos los mejores ramos, de esos que sirven, como tú decías. Habrá años que sean mejores y otros peores, pero me enseñaste a darle la importancia justa a las cosas. Ahora lo entiendo.

No te preocupes, mamá, porque, con nosotros, siempre estarás feliz.

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